Divulgación

El futbolín, un juego para tiempos difíciles

Mucho antes de que los niños (y no tan niños) emulasen a sus ídolos deportivos a través de una videoconsola y de que la pantalla del televisor fuese el marco en que se desarrolla gran parte de su infancia, hubo un juego que permitía, por un rato, sentir la magia del fútbol desde el pequeño rincón de un salón o la taberna del pueblo, y con el que compartir largas tardes de verano y momentos de gran rivalidad.

El futbolín, ese genuino y típico juego que aún hoy día sigue atrayendo a jóvenes y mayores, es el protagonista de uno de los últimos artículos del diario El País, que nos cuenta la historia de su creador, el gallego Alejandro Campos Ramírez, una joven víctima más de la cruenta Guerra Civil que asoló nuestro país entre 1936 y 1939. Este hijo de un zapatero arruinado tuvo la desdicha de ver, desde el hospital, cómo muchos otros niños sufrían las consecuencias de la contienda y no podían dedicarse a aquello que siempre habían adorado: el fútbol.

Es por ello que va a crear una forma de simular su práctica, de hacer que todos y cada uno de estos chicos pueda sentirse parte de este deporte y pueda ponerse en la piel de sus ídolos, a los que introduce en un pequeño reciento de madera como diminutas figuras unidas por barras de metal. Es el origen del primer futbolín español, en el que éstas tendrían las piernas separadas y no juntas, como ocurría con la primera patente alemana de finales del siglo XIX.

1403528810_643417_1403537202_noticia_grandePero nuestro protagonista no se conformó con este invento, sino que bajo el pseudónimo de Alejandro Finisterre, tuvo una vida de lo más peculiar y llena de vicisitudes. Después de conseguir que un amigo vasco, carpintero de oficio, elaborase el primer futbolín en base a sus instrucciones, patentó su gran obra junto con otro invento, el primer pasahojas de partituras que se accionaría con el pie. Todo ello a la altura de 1937, en plena guerra, lo que haría imposible la distribución del primero, debido a que las fábricas de juguetes se hallaban inmersas, en aquellos momentos, en la fabricación de armas.

Para mayor desgracia, en su exilio a Francia perdió los papeles de la patente del futbolín, quedándole sólo la de su otro gran invento, que le permitió ganar algo de dinero con el que vivir en París durante la década de los 40.

En la siguiente década, trataría de comercializar su gran invento en Guatemala, donde se empezó a a fabricar y distribuir en grandes cantidades, pero el golpe de Estado del coronel Castillo frenó su actividad, y a punto estuvo de ser llevado a España y juzgado por sus ideales republicanos, destino del que escapó por muy poco y de una forma un tanto peculiar, según se cuenta.

Sin embargo, su ingenio no se redujo a la fabricación y diseño de inventos, de manera que durante su estancia en México, entró en contacto con importantes poetas y escritores que ejercieron una gran influencia sobre él, lo que lo llevó a fundar la editorial Finisterre Impresora, donde publicó obras de autores de la talla de León Felipe, además de ejercer como redactor en El Nacional y editor de un facsímil de la revista Galeusca.

Hasta su vuelta a España, tras la muerte de Franco, continuó dedicándose al mundo de la literatura, siendo miembro de la Real Academia Gallega, pero tuvo que ver cómo su gran obra, el futbolín, no le era reconocida como tal, ya que se generalizó la creencia de que era un juego típico español cuyo origen se perdía en el tiempo.

Tacatacaparaiso

En 2007, con 87 años de edad, nos dejaba definitivamente el gran artífice de uno de los juegos que ha ilusionado a más generaciones de niños desde su invención, hace ya más de 70 años. Ese joven inventor, que no quiso resignarse a las consecuencias de la guerra y a una infancia perdida, se aferró en todo momento a su ingenio para dejarnos una vida digna de película y un legado que, esperemos, las generaciones venideras sigan apreciando.

Acerca del autor

Miguel Vega Carrasco

Licenciado en Historia y Máster en Historia del Mundo.

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