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Pan y cebolla


Ya hemos hablado en alguna ocasión del uso que se puede dar al cine como herramienta para la enseñanza de la Historia (en el artículo: ¿Se puede enseñar Historia a través del cine?). Hoy vamos a utilizar un poema hecha canción para conocer un personaje de la historia reciente de España: el poeta Miguel Hernández.

Miguel Hernández
Miguel Hernández

Nació en Orihuela, Alicante, en octubre de 1910 en una familia numerosa (fue el tercero de siete hermanos) dedicada al ganado caprino. Miguel Hernández fue escolarizado, aunque su padre rechazó una beca de los jesuitas para continuar sus estudios. Tuvo que dedicarse de manera obligada al pastoreo a los 15 años, aunque durante ese tiempo leía con entusiasmo y escribió sus primeros poemas. Acudía a la biblioteca pública y formó un pequeño grupo literario con otros jóvenes de la ciudad. Fue educado de manera autodidacta gracias a mestros del siglo de Oro, especialmente Góngora, a quien conoció a través de los libros. Colaboró en varias revistas literarias y viajó a Madrid en dos ocasiones en busca de oportunidades, y es partir del segundo viaje cuando su poesía se vuelve más social y comprometida con las personas pobres.

Miguel Hernández se alistó en el bando republicado en la Guerra Civil y formó parte del Partido Comunista de España. En plena guerra se casó con Josefina Manresa y nacieron Manuel Ramón (1937), que murió a los pocos meses de nacer, y Manuel Miguel (1939), a quien dedicó las maravillosas Nanas de la cebolla que han motivado este artículo.

Cuando acabó la guerra, Hernández fue apresado y, aunque liberado gracias a las gestiones de Pablo Neruda con un cardenal, fue de nuevo encarcelado y condenado a muerte. Varios intelectuales intercedieron por él y se le conmutó la pena por 30 años de cárcel, que no cumplió porque murió de tuberculosis en 1942.

Es, en este punto, cuando entra en juego la poesía para conocer una historia y el contexto en el que se desarrolla. Estando en prisión, su mujer Josefina le escribió diciéndole que solo tenían pan y cebolla para comer . Él le respondió animándola a seguir y confiar en la vida. Un mes después le escribió una carta diciéndole: «el olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí» y que allí no había para él «otro quehacer que escribiros a vosotros o desesperarme». Adjuntaba, en esa carta, la poesía que probablemente sea la canción de cuna más dolorosa, o trágica (como dijo Concha Zardoya) de todas las escritas en español.

Este poema fue llevado a la canción gracias a Joan Manuel Serrat, lo que lo hizo mucho más popular. Su voz acompañada de una música excelente, más bien insuperable, de Alberto Cortez la hicieron una canción inolvidable para quienes la conocieron. Este poema hecho canción no solo nos introduce a la vida de Miguel Hernández, sino que también nos sitúa perfectamente en el contexto social de aquellos años del fin de la guerra, cuando la mayoría de las personas pasaba mucha hambre y muchas familias estaban destrozadas por la pérdida de algún miembro o por la injusta encarcelación de muchos hombres y mujeres, de los cuales hubo un gran número que nunca volvería a casa.

El dolor de Hernández por estar lejos de su mujer y su niño se percibe en cada verso, sobre todo la impotencia de no poder hacer más que escribir para atenuar el sufrimiento que todos vivían. El ansia de libertad de Miguel Hernández se ve resuelto, en parte, en su hijo, «porvenir de mis huesos y de mi amor». Un poema duro, con un mensaje que nos acerca a la posguerra y nos ayuda a entender a Miguel Hernández y a toda una generación de vidas rotas o perdidas a causa de la guerra, el hambre y la dictadura.

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