Divulgación

El matrimonio Groscurth y su lucha contra el nazismo

En los tiempos que corren, en que palabras como “democracia” o “libertad de expresión” se han convertido en pilares sobre los que sustentar nuestra sociedad, convendría echar una vistazo al pasado para no dejar caer en el olvido la lucha constante de personajes anónimos cuyo nombre no suele figurar en los libros de Historia pero que llevaron a cabo una gran labor en la lucha por la consecución de unos derechos y libertades que hoy en día son imprescindibles.

Georg-Groscurth Es el caso de Georg Groscurth y su mujer Anneliese, cuya historia nos cuenta Javier Bilbao en su último artículo para Jot Down. La historia de un reputado médico alemán que se posicionó contra la política antisemita llevada a cabo por el régimen nazi y desarrolló una intensa labor de oposición a éste.

Desde su relativamente cómoda posición social, Groscurth llegaría a crear un grupo organizado de resistencia antinazi que llamaría “Unión Europea” (nada que ver con el organismo político actual) y que se encargaría de ofrecer protección y ayuda a las víctimas de la feroz persecución desatada contra el pueblo judío. Además, aprovechando su cargo como médico, declaró incapacitados para el ejercicio militar a muchos de sus pacientes con la intención de contribuir a desarticular o desestabilizar la maquinaria nazi.

Sin embargo, su oposición no pasaría percibida ante las autoridades, máxime cuando se atrevió a imprimir y repartir octavillas que clamaban por la defensa de los valores democráticos, el establecimiento de un sistema socialista que nada tuviera que ver con el régimen estalinista que imperaba en Moscú o la unión política de los pueblos europeos en la consecución de estos objetivos. Una serie de reivindicaciones que firmarían su sentencia de muerte en cuestión de poco tiempo, cuando las autoridades comenzaron a ver el potencial peligro que representaba este individuo y sus ideas.

El matrimonio Groscurth

El matrimonio Groscurth

En efecto, su trágico final llegaría semanas después, cuando fue detenido por la Gestapo y condenado a muerte, en septiembre de 1943. No obstante, y pese a que trató de mantenerla al margen de su lucha contra el régimen nazi, su mujer Anneliese continuó su labor, en un intento por perpetuar el legado de su marido y que la lucha de éste no fuera en vano.

El final de la guerra, debió pensar ella, haría justicia a la memoria del doctor Groscurth, quien merecería ser honrado como uno de aquellos individuos que representaban la lucha contra los crímenes e injusticias del nazismo. Sin embargo, el mundo cambió mucho a partir de 1945, y la política internacional quedaría bipolarizada entre el mundo capitalista y soviético, pasando a un segundo plano la lucha contra el nazismo para centrar la atención en la potencial amenaza que la URSS representaba para el mundo occidental y viceversa.

Ello llevó a confundir la crítica contra las injusticias del sistema y la lucha por los ideales democráticos con una defensa del comunismo, de tal manera que no fueron pocas las acusaciones que tuvo que sufrir Anneliese, cuyas discrepancias con el nuevo sistema instaurado en Alemania tras la II Guerra Mundial y la reivindicación de la memoria de aquellos que lucharon contra el nazismo desde dentro le valieron el estigma de propagandista comunista. Su carrera como doctora también quedó truncada, consecuencia de la fama que se le había ido atribuyendo, pero aún así no quiso seguir los consejos sobre un posible exilio a la RDA (la Alemania comunista), ya que ese título de «comunista» que le atribuían no era más que una acusación sin fundamento. Lo único que buscaba era un reconocimiento para aquella minoría de la población alemana que se mostró abiertamente opuesta a la política llevada a cabo por los nazis y luchó contra ella del modo en que pudo.

Portada de la obra de Delius sobre la historia de Georg y Anneliese Groscurth

Obra sobre la historia de Georg y Anneliese Groscurth

En cualquier caso, su historia fue silenciada, tal vez por las razones que ella misma señalaba, al afirmar que «resultábamos especialmente sospechosos porque demostrábamos a millones de simpatizantes que ellos también podrían haber actuado con decencia». Sea como fuere, el tiempo hizo justicia al respecto, y escritores del llamado «Grupo 47», como Christian Delius, dedicaron obras a ello. A lo que hay que sumar el título concedido Georg como «Justo entre las Naciones» por parte del gobierno de Israel hace unos años.

Quizás los libros de Historia no presten demasiada atención a casos tan particulares, pero siempre es conveniente recordar y hacer recordar este tipo de historias, para que la lucha de todas estas personas no fuera en vano y para hacer ver que todos y cada uno de nosotros, como individuos, podemos luchar por un mundo más justo y democrático, al margen de las decisiones de las grandes figuras políticas.

Acerca del autor

Miguel Vega Carrasco

Licenciado en Historia y Máster en Historia del Mundo.

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