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El peso de la memoria

Recientemente apareció un artículo en el diario El Mundo en el que se contaba el descubrimiento de unos sellos con los que se marcaba a los prisioneros en el campo de concentración nazi de Auschwitz. Este hallazgo, que consiste en cinco placas metálicas con agujas y que representarían diferentes números, ha pasado al museo del campo de concentración después de que lo cediera un donante anónimo y de que se haya corroborado su veracidad.

Según el portavoz del museo, esta forma de marcar a los prisioneros se daba únicamente en el campo de Auschwitz; ya que se les tatuaba tanto el el pecho como en el brazo izquierdo. Además, junto con estas placas, descubiertas durante el avance ruso a finales de la contienda y expuestas próximamente de cara al público, sólo se ha encontrado una más de estilo similar, que se halla en el museo de San Petersburgo.

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He aquí los cinco sellos encontrados.

Realmente, hay quien puede pensar que esta noticia pudiera ser un tanto macabra y que exponer a todos los públicos semejante ejemplo de horror y tortura podría ser un acto de frivolidad o de falta de sensibilidad para con las víctimas y sus descendientes, aunque personalmente me gustaría discrepar en este sentido. Es cierto que la relativa cercanía en el tiempo hace que este tipo de objetos susciten no poca controversia y que, sin duda, pueden herir ciertas sensibilidades, pero también hay que tener en cuenta que es una muestra que ejemplifica perfectamente las atrocidades que el ser humano es capaz de cometer y que ha cometido no una, sino bastantes veces a lo largo de su Historia.

Estas placas son el afilado punzón de la memoria, el reflejo de un pasado que conviene no olvidar y que nos hace comprendernos a nosotros mismos como seres humanos, reflexionando sobre cuáles son nuestros límites, cuáles han sido y qué cosas debemos tratar por todos los medios de no volver a repetir. Es el grito ahogado de más de un millón de judíos asesinados en aquel campo, junto con las decenas de miles de prisioneros de guerra, gitanos, polacos no judíos…Porque recordemos que mucho antes de finalizar la II Guerra Mundial ya se conocía la existencia de campos de concentración y de métodos de represión política feroces, pero ha hecho falta mucho tiempo para tomar conciencia plena de ello y denunciarlo.

Y para terminar, me parece ineludible esta cita del pastor luterano Martin Niemöller:

«Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista.
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata.
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista.
Cuando vinieron a por los judíos, no pronuncié palabra, porque yo no era judío,
Cuando finalmente vinieron a por mi, no había nadie más que pudiera protestar.»

Porque no podemos olvidar nuestro pasado, y en algunas ocasiones conviene aprender de él.

Acerca del autor

Miguel Vega Carrasco

Licenciado en Historia. Trato de perderme en tiempos lejanos, y otros más recientes, para acercar esa hermosa ciencia que es la Historia al mayor público posible, divagando a veces en mis propias reflexiones sobre el ser humano, su complejidad y su huella en el tiempo y la memoria a través de sus actos. Miembro del consejo editorial de Descubrir la Historia.

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