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Prometeo y el desafío divino


Prometeo, defensor del hombre, aquel que osó desafiar al padre de los dioses. Aunque pertenece a la segunda generación de los titanes, una raza de dioses que dominaron el mundo en la mitología griega, su condición divina no le impediría ser considerado el gran protector de la raza humana, a quien entregó el fuego de los dioses. Este episodio mitológico varía según la versión, al igual que el origen del propio personaje, pero si atendemos a la más común, tenemos a un personaje que se enfrenta a los suyos y que sufre un castigo digno de la élite celestial mitológica.

Su gran pecado fue que no sólo robó el fuego, sino que humilló al dios supremo en tanto que lo engañó, y eso se consideraría una ofensa imperdonable. Su ardid consistió en que, básicamente, ofreció un sacrificio animal a la divinidad, un ritual muy común, en el que se queman la piel y la carne del animal por un lado y los huesos por otro, con la intención de ofrecer la primera parte a los dioses y dejar los huesos en el mundo terrenal. Sin embargo, lo que hizo Prometeo fue bañar en grasa los huesos y dejar a Zeus elegir, de manera que éste confundiría ambas partes de la  ofrenda y elegiría por error los huesos. La astucia de Prometeo no hizo sino despertar la ira de Zeus, que como respuesta decidió privar a los hombres del fuego. Pero la historia no acaba ahí, pues el defensor de la humanidad decidió una vez más echar un pulso a la divinidad y robarlo, para lo que subió al monte Olimpo y lo tomó de la forja de Hefesto o del carro de Helios (según la versión del mito, puede aparecer una u otra ubicación).

"Prometeo encadenado" de Pedro Pablo Rubens y Frans Snyders
“Prometeo encadenado” de Pedro Pablo Rubens y Frans Snyders

Esta vez, el desafío había ido demasiado lejos, y el orgulloso Zeus no veía otro remedio que imponer un nuevo castigo, esta vez enmascarado bajo la apariencia de una mujer, Pandora, que portaría consigo una vasija en la que se encerraba la esencia de todos los males. Como él mismo planeó desde un primer momento, Pandora acabaría destapando la vasija y liberando enfermedades, guerras y todo tipo de catástrofes que azotarían desde entonces al hombre y que explicarían los males del mundo. No obstante, este castigo era común a toda la humanidad, pero no afectaba de manera individual a Prometeo, que sufriría un destino más agónico y doloroso; sería encadenado en el Cáucaso, donde  cada día de su eterna vida, un águila se comería su hígado, que volvería a crecer una y otra vez para ser devorado en las fauces de la indómita bestia.

En una de las versiones del mito, su larga agonía toca a su fin en el momento en que Heracles se cruza en su camino y lo libera como agradecimiento por contarle dónde se ubicaba el jardín de las Hespérides. 
En cualquier caso, nos parece una historia muy interesante dentro de ese rico ambiente que es el de la mitología, en el que se da una explicación a la configuración del mundo y los problemas y cuestiones que más inquietaban a los griegos, como por ejemplo el origen del fuego o la justificación a las calamidades y situaciones problemáticas que aquejaban al ser humano desde tiempos inmemoriales.

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